Capitulo tres

III.

La mujer frente a ellos era la criatura más hermosa que Alan hubiese podido visualizar en el mundo terrenal. Sus cabellos estaban recogidos con las horquillas y su vestido de tarde caía en volantes sobre su piel blanca.
Los claros ojos lo ignoraban por completo; observaban fijamente a su hermano mayor que se encontraba a su lado. Parecía que ambos se observaban por primera vez, como mariposas atraídas hacia la luz.
…Y la rabia lo invadía porque ella no notaba su presencia.
August carraspeó y se volvió hacia él.
–Miss Lydia Standford, este es mi hermano menor Alan.
Ella, que por fin pudo desviar los ojos de su hermano, lo observó e hizo una elegante y rápida inclinación.
–Es un placer conocerlo, señor Thompson.
Alan se encogió de hombros enojado, estuvo a punto de hablar pero su ángel volvió a centrar toda su atención en el mayor de ellos. Comenzaron a hablar, conociéndose, tomando en cuenta que si las cosas salían como su hermano había previsto, estarían casados en pocos meses.
La casa de los Standford era una amplia hacienda, con preciosos terrenos verdes y un establo al fondo de la pradera. Sería maravilloso poder cabalgar por esos amplios campos, en soledad y sin la interrupción de nadie.
A pesar de que había aprendido a cabalgar; en la mansión donde vivían en la ciudad, no tenía las áreas verdes que él observaba en ese momento.
–¿Alan? ¿Alan?
Parpadeó y luego observó de nuevo a su hermano.
–¿Si?
August fruncía el ceño luego observó de nuevo al frente, y Alan se percató de la mujer y el hombre que estaban parados al lado del ángel Lydia.
–Disculpen el comportamiento de mi hermano, señor y señora Standford, no es su intención ofender.
La señora Standford dejo escapar una risita divertida.
–Se ve que es un joven encantado, señor Alan.
Alan cabeceó y le sonrió quedamente.
–Por favor, entren –Invitó el señor Standford. Su comportamiento cordial dejaba en claro que estaban completamente de acuerdo en aceptar el compromiso de su hija con el barón. Claro, su hermano era rico y tenia titulo… ¿Quién en su sano juicio lo rechazaría?
Cuando pasaba por la entrada, fue que se percató de la pequeña sombra al lado de la puerta. Una niña lo observaba fijamente y con curiosidad en sus enormes ojos verdes. Sus risos castaños estaban trenzados y le llegaban a la altura de la cintura.
Era bastante alta para la edad que le calculaba, y el vestido de tarde color lavanda, solo acentuaba la hermosura de la que sería poseedora en unos cuantos años.
Un pequeño cachorro se removía con incomodidad entre sus brazos, y ella se esmeraba en mantenerlo apretado para que no intentara escaparse.
–¿Quién es la pequeña señorita? –Su hermano había notado lo que captaba tan abruptamente su interés.
Miss Lydia clavó la vista en la minúscula criatura antes de sonreír con calidez. El corazón de Alan bombeó con fuerza por el gesto.
–¡Rose! Ven aquí, cariño –Dijo la señora Standford. La niña frunció el labio y dejo al perro sobre el suelo, antes de acercarse a ellos con algo de timidez.
El señor Standford asió los hombros de la niña y levantó el mentón con orgullo paterno.
–Sir Thompson, señor Alan, quiero presentarles a mi hija menor –La pequeña los observó a ambos con interés y análisis disimulado bajo las espesas pestañas negras –Miss Rossette, ellos son Sir Thompson y su hermano.
Rossette Standford hizo una perfecta y educada inclinación.
–Es todo un placer conocerlo, Sir Thompson –Luego se volvió a él y repitió el gesto –Señor Alan.
August sonrió y tomó la mano de la niña entre las suyas, se puso de cuclillas y beso los nudillos de Rose.
–El placer es todo mío, Miss Rossette.
Las mejillas de ella se tornaron de un rojo intenso, agregándole un aspecto mucho más adorable del que ya era dueña.
–Oh… Puede decirme Rose, Sir. Todos lo hacen.
La madre observó a la niña frunciendo el ceño.
–Rose… -Dijo con tono amenazador.
Sir August levantó la mano en un gesto para que lo dejaran hablar a él.
–Para mi será todo un gusto llamarte por ese hermoso nombre –Le dijo sonriente –Si tu también me llamas por el mío.
Rossette observó al barón con admiración.
–Sera todo un honor.
Su hermano siempre había tenido la habilidad para encantar a las mujeres, jamás espero que también le funcionara con niñas.
Almorzaron en casa de los Standford. Si le preguntaban, Alan contestaría que eran personas amigables e indefinidamente agradables. Los temas de conversación giraron de manera que nadie quedara excluido de los diálogos. Incluso se encontró descubriendo que la pequeña Rose poseía una inteligencia aguda y perspicaz.
–El tutor me ha enseñado una nueva partitura para el piano –Dijo Rose.
–Eso es excelente, querida.
Los ojos verdes, inocentes y cargados de sabiduría se clavaron en él.
–¿Sabe usted tocar algún instrumento, señor Alan?
Alan limpió su boca con una servilleta y tomó un poco de vino antes de hablar.
–Estoy aprendiendo a tocar el violín –Los ojos de la niña se iluminaron con emoción y parecía dispuesta a agregar algo, pero la hermana mayor se le adelanto.
–¡Eso es interesante, señor Alan! Amo el violín… ¿Tocaría alguna vez para mí?
Alan apretó los labios, absteniéndose de decir, que odiaba tanto el violín que ni para la hermosa diosa que representaba Lydia Standford, se atrevería a tocarlo.

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