Capitulo IV

IV

–Se quieren.

–No, no lo hacen. El hecho de que se analicen el uno al otro, no significa que se quieran.

Alan tembló y se dio vuelta para observar la menuda figura de Rose acercarse a él y apoyarse del balcón con intención de observar mejor el paseo de tarde que estaban teniendo Lydia y August en esos momentos. Él la observó acomodarse y luego volvió a observarlos con fijeza.

–Eres inteligente –Aseguró –Mucho más de lo que una niña de tu edad debería ser. Sabes cosas, que quizás no deberías ni pensar siquiera.

Ella se encogió de hombros como si fuera lo más natural del mundo. Era una chiquilla encantadora, y a pesar de su tierna edad se notaban los vástagos de la belleza que la rondaría dentro de unos años.

Alta. Muy alta para su edad.

De por sí que Alan era muy alto, ella le llegaba cerca de las costillas. Casi la misma altura que su hermana mayor.

–Mi hermana dice que soy muy aguda –Dijo. Sus manos estaban sobre el blanco mármol y algunos de sus rizos de escapaban graciosamente de las horquillas. Tenía una expresión demasiado solemne para una niña y unos sabios ojos claros.

Algo extraño revoloteó en su estomago. Una especie de cargadas mariposas traicioneras, que lo hicieron tragar en seco y volver la vista el frente antes de que se atreviera a tocar ese tierno y hermoso rostro.

–Aguda –Repitió. Enseguida su vista se fue de nuevo hacia Lydia, y se olvidó de las mariposas en su estomago. Ahora el anhelo se posicionaba de su cuerpo al verla reír junto a su hermano mayor –Quizás tenga razón.

Alan nunca notó que los ojos de Rose se deslizaron hacia él y que lo observaba con perspicacia.

–Estás enamorado de mi hermana –Dijo ella. Cuando Alan volvió a verla sus ojos estaban abiertos por la sorpresa del descubrimiento y sus mejillas ligeramente sonrosadas por la expectación –¡Fue amor a primera vista! Como en las novelas…

Alan dejó escapar una risa.

–No –Dijo –Eso es imposible.

–No lo es –Contrarrestó Rossette, sus ojos azules brillaban con la luz del atardecer y si no fuera consciente de su edad, Alan le hubiese calculado unos catorce o quince años. Definitivamente, había algo en ella demasiado maduro.

Él sonrió.

–Está bien, supongamos que no lo es –Soltó en un suspiro de rendición –¿Qué te hace pensar que estoy enamorado de tu hermana si la acabo de conocer?

–Fue amor a primera vista, ya te dije –Asintió Rose –Y es la forma en que la miras. Pareciera que para ti es la única mujer en el mundo –Ella entrecerró los ojos con la vista de nuevo clavada en el frente –Tus ojos brillan y mientras está con tu hermano, tu rostro se llena de tristeza.

Apretó la mandíbula.

–Genial…

–¿Por qué no intentas cortejarla? –Preguntó Rose con claras intenciones de darle ánimos.

Alan se lo plateó en ese instante. Por lo menos hasta que vio el brillo de interés y la enorme sonrisa en los labios de Lydia cuando se giró hacia su hermano. August sonreía abiertamente también, mientras le decía algo. Ambos se veían felices juntos… Y a pesar de que Rose lo describiera como “análisis” él estaba seguro que no tardaría en florecer algo más.

Observó de nuevo hacia Rose.

–Créeme, pequeña Rose –Dijo –Pienso que es bueno que ni tú, ni yo, nos metamos entre esos dos. ¿Quién sabe? Puede que hasta termine siendo un buen acontecimiento dicho matrimonio.

Rossette entrecerró los ojos de nuevo y ladeó la cara también con la vista sobre su hermana y su posible cuñado.

Permanecieron en un blando silencio. Nada incomodo, si se lo llegaran a preguntar, en realidad, era esa clase de silencio que no tenía la necesidad de ser llenado por nada ni nadie.

–Alan –Dijo Rose.

–¿Si?

–¿Te molesta que te tutee?

Él rió.

–Te lo agradecería en cambio.

Rose cruzó los brazos sobre el mármol del balcón y acostó su fina barbilla sobre ellos.

–¿Es cierto que tocas el violín? –Preguntó ella con interés.

Alan se encogió de hombros.

–Si a lo que hago te refieres a tocar, entonces lo hago –Él la observó –¿Es cierto que tocas el piano?

Ella rió y asintió con la cabeza par de veces.

–Si a eso le llamas tocar, entonces lo hago –Respondió con el mismo contexto que él había usado, arrancándole una pequeña sonrisa de los labios –Deberíamos formar un dueto alguna vez, tal vez así hagamos que les estallen los tímpanos a las personas.

Alan clavó la vista al frente, justo para ver cuando August tomaba un mechó de los claros cabellos de Lydia y los dejaba tras la oreja de esta. La joven se sonrojo y le sonrió a su hermano.

Era más que obvio, que ya ambos habían encontrado lo necesario para permanecer juntos y que escuchaban campanas de boda resonar en sus oídos.

El ceño se le frunció antes de desviar la vista con un amargo sabor en la boca y una pesadez en la boca del estomago.

–Sí. Deberíamos –Y de paso romperle los tímpanos a él mismo, para así no enterarse de nada.

Capitulo tres

III.

La mujer frente a ellos era la criatura más hermosa que Alan hubiese podido visualizar en el mundo terrenal. Sus cabellos estaban recogidos con las horquillas y su vestido de tarde caía en volantes sobre su piel blanca.
Los claros ojos lo ignoraban por completo; observaban fijamente a su hermano mayor que se encontraba a su lado. Parecía que ambos se observaban por primera vez, como mariposas atraídas hacia la luz.
…Y la rabia lo invadía porque ella no notaba su presencia.
August carraspeó y se volvió hacia él.
–Miss Lydia Standford, este es mi hermano menor Alan.
Ella, que por fin pudo desviar los ojos de su hermano, lo observó e hizo una elegante y rápida inclinación.
–Es un placer conocerlo, señor Thompson.
Alan se encogió de hombros enojado, estuvo a punto de hablar pero su ángel volvió a centrar toda su atención en el mayor de ellos. Comenzaron a hablar, conociéndose, tomando en cuenta que si las cosas salían como su hermano había previsto, estarían casados en pocos meses.
La casa de los Standford era una amplia hacienda, con preciosos terrenos verdes y un establo al fondo de la pradera. Sería maravilloso poder cabalgar por esos amplios campos, en soledad y sin la interrupción de nadie.
A pesar de que había aprendido a cabalgar; en la mansión donde vivían en la ciudad, no tenía las áreas verdes que él observaba en ese momento.
–¿Alan? ¿Alan?
Parpadeó y luego observó de nuevo a su hermano.
–¿Si?
August fruncía el ceño luego observó de nuevo al frente, y Alan se percató de la mujer y el hombre que estaban parados al lado del ángel Lydia.
–Disculpen el comportamiento de mi hermano, señor y señora Standford, no es su intención ofender.
La señora Standford dejo escapar una risita divertida.
–Se ve que es un joven encantado, señor Alan.
Alan cabeceó y le sonrió quedamente.
–Por favor, entren –Invitó el señor Standford. Su comportamiento cordial dejaba en claro que estaban completamente de acuerdo en aceptar el compromiso de su hija con el barón. Claro, su hermano era rico y tenia titulo… ¿Quién en su sano juicio lo rechazaría?
Cuando pasaba por la entrada, fue que se percató de la pequeña sombra al lado de la puerta. Una niña lo observaba fijamente y con curiosidad en sus enormes ojos verdes. Sus risos castaños estaban trenzados y le llegaban a la altura de la cintura.
Era bastante alta para la edad que le calculaba, y el vestido de tarde color lavanda, solo acentuaba la hermosura de la que sería poseedora en unos cuantos años.
Un pequeño cachorro se removía con incomodidad entre sus brazos, y ella se esmeraba en mantenerlo apretado para que no intentara escaparse.
–¿Quién es la pequeña señorita? –Su hermano había notado lo que captaba tan abruptamente su interés.
Miss Lydia clavó la vista en la minúscula criatura antes de sonreír con calidez. El corazón de Alan bombeó con fuerza por el gesto.
–¡Rose! Ven aquí, cariño –Dijo la señora Standford. La niña frunció el labio y dejo al perro sobre el suelo, antes de acercarse a ellos con algo de timidez.
El señor Standford asió los hombros de la niña y levantó el mentón con orgullo paterno.
–Sir Thompson, señor Alan, quiero presentarles a mi hija menor –La pequeña los observó a ambos con interés y análisis disimulado bajo las espesas pestañas negras –Miss Rossette, ellos son Sir Thompson y su hermano.
Rossette Standford hizo una perfecta y educada inclinación.
–Es todo un placer conocerlo, Sir Thompson –Luego se volvió a él y repitió el gesto –Señor Alan.
August sonrió y tomó la mano de la niña entre las suyas, se puso de cuclillas y beso los nudillos de Rose.
–El placer es todo mío, Miss Rossette.
Las mejillas de ella se tornaron de un rojo intenso, agregándole un aspecto mucho más adorable del que ya era dueña.
–Oh… Puede decirme Rose, Sir. Todos lo hacen.
La madre observó a la niña frunciendo el ceño.
–Rose… -Dijo con tono amenazador.
Sir August levantó la mano en un gesto para que lo dejaran hablar a él.
–Para mi será todo un gusto llamarte por ese hermoso nombre –Le dijo sonriente –Si tu también me llamas por el mío.
Rossette observó al barón con admiración.
–Sera todo un honor.
Su hermano siempre había tenido la habilidad para encantar a las mujeres, jamás espero que también le funcionara con niñas.
Almorzaron en casa de los Standford. Si le preguntaban, Alan contestaría que eran personas amigables e indefinidamente agradables. Los temas de conversación giraron de manera que nadie quedara excluido de los diálogos. Incluso se encontró descubriendo que la pequeña Rose poseía una inteligencia aguda y perspicaz.
–El tutor me ha enseñado una nueva partitura para el piano –Dijo Rose.
–Eso es excelente, querida.
Los ojos verdes, inocentes y cargados de sabiduría se clavaron en él.
–¿Sabe usted tocar algún instrumento, señor Alan?
Alan limpió su boca con una servilleta y tomó un poco de vino antes de hablar.
–Estoy aprendiendo a tocar el violín –Los ojos de la niña se iluminaron con emoción y parecía dispuesta a agregar algo, pero la hermana mayor se le adelanto.
–¡Eso es interesante, señor Alan! Amo el violín… ¿Tocaría alguna vez para mí?
Alan apretó los labios, absteniéndose de decir, que odiaba tanto el violín que ni para la hermosa diosa que representaba Lydia Standford, se atrevería a tocarlo.

Capitulo dos

II.

Con la llegada de la primavera, la casa de su familia se volvía más y más agitada. Sus padres sonreían muchísimo más, los sirvientes se veían cada vez más agitados y emocionados.

Pero sobre todo, su hermana, Lydia Standford, se notaba diferente. Quizás más radiante. Quizás más extraña.

A Rossette Stanford, le tomó algo comprender que no se trataba de la primavera lo que hacía que su familia se viera tan alegre –incluso su padre tarareaba canciones, cuando pensaba que nadie lo observaba- Si no de un hombre que había puesto sus ojos en su querida hermana mayor.

–¿Quién es? ¿Te ha besado ya?

Lydia, quien en esos momentos estaba cepillando su largo cabello rubio –un ritual que acostumbraba a repetir todas las noches antes de ir a dormir- había abierto sus ojos color verde esmeralda, brillante por la sorpresa, y clavó la vista en ella.

–¡Rose! ¿De dónde sacas esas cosas? –Exclamó con expresión mortificada, dejando el cepillo de lado y levantándose de la butaca.

Rossette dejó de saltar en la cama de su hermana y se acomodó de manera que pudieran quedar frente a frente. Jugó con los bordes de su camisón que cubrían sus piernas, y luego clavó la vista en Lydia.

Su hermana mayor era una mujer muy hermosa en sus ya contados veintiún años. Los largos cabellos rubios, tocaban sus caderas y sus mejillas sonrosadas hacían juego con sus labios rojos.

Rose siempre supo que tendría que enfrentarse al día en el que su querida hermana se fijara en algún hombre; se casara y se fuera a vivir lejos de casa.

–¿Te casaras?

Lydia la observó un momento antes de que soltara un cansad suspiro,

–Él es un buen hombre –Le dijo.

–¿Pero lo amas?

Su hermana frunció el ceño en cuanto se dejo caer en la cama, con las piernas colgándole del borde.

–No estoy en posición de elegir un matrimonio por amor, Rose –Le aseguró, tomando su mano entre las de ella –Él es un barón muy rico y también es un hombre pasablemente guapo. Papá ha decidido que es un buen partido, así que yo hare todo lo posible por casarme con él.

Para ser una niña de diez años, Rose se había sentido orgullosa de su madurez temprana y en ese momento no evitó el compadecerse de su hermana mayor y de preguntarse si ella correría el mismo destino en cuanto debutara en Londres al cumplir los dieciocho.

–No es justo, que no te dejen siquiera elegir con quien casarte.

Lydia se encogió de hombros.

–Pero nos llevamos muy bien, Sir Thompson y yo cuando hablamos –Susurró –Además, esta ya es mi cuarta temporada en Londres y nuestros padres no pueden permitirse el derrochar dinero de esta manera cuando perfectamente puedo casarme.

Rose no lo veía de esa manera.

–Puede que un guapo duque o un marqués se enamore de ti a primera vista y no tengas que casarte con este tal Sir Thompson.

Su hermana había reído y luego la había despachado para ir a dormir.

Al día siguiente la habían levantado a una hora realmente temprana y las criadas emocionadas se encargaron de arreglarla con uno de sus mejores vestidos. La peinaron y la dejaron perfecta.

–¿Por qué tanto ajetreo?

Ambas criadas se miraron y luego soltaron un chillido.

–No podemos decírselo a usted, señorita.

–Pero ya que insiste.

Rose ya arqueaba ambas cejas en ese momento.

–¿Qué pasa?

–El pretendiente de miss Lydia, ha mandado una misiva para visitar la casa y conocer a la familia –Soltó por fin una de las criadas. Rose abrió los ojos sorprendida, y abriéndose paso entre las dos mujeres caminó hasta la habitación de su hermana mayor. La puerta estaba cerrada, así que respiró profundamente y levantó los nudillos para golpearla.

–¿Lydia? Soy yo.

Pasos se oyeron y enseguida su hermana abrió la puerta y dejo su cabeza a la vista. Sus enormes ojos se clavaron en ella.

–Rose –Se hizo a un lado y la dejo pasar.

–Escuche que Sir Thompson viene a verte –Dijo mientras se sentaba en la butaca frente a la cama y clavaba la vista en su hermana. Llevaba un precioso vestido de tarde de seda rosada y los rizos atados con horquillas en lo alto de la cabeza.

Lydia paseaba por la habitación en círculos.

–Estoy nerviosa –Admitió en un suspiro –Traerá a su hermano menor para que yo lo conozca. No entiendo porque no pudo haber pautado esta cita con mayor tiempo, tuvo que mandarme la misiva tan tarde.

Rose dejo caer el mentón entre sus manos.

–Tiene hermano menor –Eso fue una admisión, no una pregunta.

–Si –Respondió su hermana –Creo que es uno o dos años menor que yo, no estoy del todo segura.

Ella se levantó de la butaca y se dirigió a su hermana para abrazarla por la cintura.

–Todo irá bien. Lydia –Dijo –Eres encantadora, siempre caes bien a las personas y ese chico no será la excepción ya verás.

Su hermana le devolvió el abrazo suspirando contra su cabeza.

–Espero que tengas razón, Rossette.